martes, 28 de octubre de 2014

Leer en caso de CRISIS.

Querida yo de un futuro (espero) lejano (y puestos a pedir, hipotético).

Te entiendo, yo también he deseado matarlo en alguna que otra ocasión, en muchas ocasiones de hecho, demasiadas. Es un hombre que tiene desgraciadamente el don para soltar un comentario fuera de lugar en el peor momento, que nació con un Máster en el arte de sacarnos de quicio; ya sea cantando a la hora de la siesta como en insistirte en que pruebes algo, ¿y sus bromas? ¡¿Qué me dices de sus bromas?! Ogggg.
Comprendo que a veces pueda parecerte egoísta, pasota, desconsiderado, aburrido, bocazas, pesado, irritante, simple, gruñón, saborío... Y demás adjetivos negativos con los que podría clasificar a semejante espécimen.  Entiendo ese enfado monumental tuyo, de verdad.
Sé que ahora mismo estarás recordando uno a uno todos esos momentos en los que te ha hecho enfurecer o llorar, esos momentos en los que has deseado "partirle el cuello y dejarlo mimio"... Podríamos enumerarlos y el infinito se quedaría corto, pero eso sería demasiado fácil (y su vida correría peligro si seguimos profundizando en la memoria).

¿Y sabes qué más? Le quiero, le quieres. Mucho además, tanto que te pido que leas esto y reflexiones.

Sí, no es el hombre perfecto. Es tan rematadamente tonto que te soporta, te perdona y le gusta estar a tu lado.

No importa la broma que le gastes, la caña que le metas, lo insoportable que te pongas al despertarlo, lo frías que tengas las manos a la hora de ponérselas en la espalda... Ya puedes soltarle la mayor de las burradas en pleno enfado, echarlo o irte en plena discusión, que él sigue ahí.

Él, a pesar de que prefiere dormir solo y a sus anchas, te deja elegir sitio en la cama y no importa el sueño que tenga, siempre; lee bien, SIEMPRE te va a abrazar y va a esperar a que tú te quedes dormida para poder dormir "cómodo" a su manera.

Él renuncia a ver un partido de fútbol con sus amigos (siendo, junto con comer, una de sus funciones vitales) y se queda haciendo de "mamá pato" cuando estás mala sin habérselo pedido siquiera, de los que en plena noche se levanta sólo para traerte una pastilla y echarte una manta encima, y no sólo eso, ya puede estar muriéndose de calor que te abraza hasta que dejas de temblar.

Él te consiente todo y más. No importa si ese día no tiene ganas de comer comida china o pasta, se la come, si esa película es horriblemente mala, la ve contigo, da igual si no es fan del arte aún así se ofrece encantado a acompañarte a las exposiciones, o si prefiere tirarse por el balcón antes de ir a echarle de comer a los patos del parque. Lo hace. Por ti. Y punto.

Él, cuando estás enfadada, hace lo que sea para que lo perdones, desde monólogos en una cafetería hasta llevarte al planetario solo para que sonrías y dejes de ignorarlo. Incluso es capaz de madrugar en pleno verano para venir a donde Cristo perdió la piedra del mechero para verte, sin avisar, sin garantía alguna de que quieras verlo, y con un paquete de galletas bajo el brazo. Lo hace. Su famoso "¿Qué hago para que no estés así?" es mítico en cada tontería pero ¿y qué? Se desvive, demuestra que está arrepentido, pide perdón y promete que no volverá a pasar.
A tí no sé, a mí a día de hoy me basta, me sobra y me falta tiempo para sonreír y corretear a darle un abrazo.

Él es de los que a las seis de la mañana renuncia a dormir por vestirse y pegarse una caminata para ver el amanecer junto a ti, de los que se traga un concierto de un cantante que ni siquiera le gusta para que estés contenta, de los que en plena noche de juerga; sin conocerte apenas, te ofrece que te quedes en su piso y se va contigo tal cual sólo porque estás cansada.

Él es quien te alegra las noches y los días, quien te hace más amena la semana, quien te saca una sonrisa por el simple hecho de estar delante tuya, quien te deja pintarle los brazos cuando estás estudiando, quien te cede parte de la tarrina de helado que ha comprado, quien comparte los "guyús" de limón contigo, quien te acompaña a la parada para ver cómo dejas pasar uno a uno los autobuses que vienen para quedarte un rato más a su lado, quien te da la mano o te pasa el brazo por el hombro cuando vais juntos por la calle, quien te hace perder la dignidad al no poder enfadarte porque estás riéndote a carcajadas por algo que ha hecho...

Él no es que tenga precisamente buena memoria, lo sé. Y, sin embargo, sabe cómo te gusta el café, cúal es tu chocolate favorito, qué galletas son las que te gustan,.. Él, estando de morros, es capaz de traerte en un CD tu película favorita porque el otro disco se ha roto.

Él... Qué decir, él es único.

¿No te basta?

Él es una de las personas más importantes que tengo a mi lado a día de hoy, y me encanta, y si pudiese detener el tiempo cuando estoy con él, lo haría. Es un gran chico y una persona maravillosa, vale la pena cada segundo que invierto, invertimos en él. Y sí, no es el hombre perfecto, pero sí perfecto para mí.

 Y si volviese atrás, sin duda volvería a besarle en la puerta de la discoteca, volvería a montarme en ese taxi junto a él, volvería a quedarme a almorzar a la mañana siguiente en lugar de irme, volvería a cometer cada error y volvería a dar cada paso que me llevase a estar con él, porque si hay algo que tengo seguro en el presente; hoy, esta noche, ahora, es que estoy enamorada de él y que amo cada pequeño detalle que le hace ser quien es.

Así que, sé lista, olvida por qué estás enfadada. Escríbele, llámale o ve directamente a buscarlo y dile lo siguiente: "Te quiero princesa".

Y lo más importante, hazle feliz todos y cada uno de los días, porque realmente se lo merece (a pesar de todo).





domingo, 26 de octubre de 2014

Garabato. (título provisional hasta que se me ocurra qué poner)

-Te estoy hablando, ¿no vas a decir nada al respecto?

-¿Qué quieres que diga? No hay quien te haga cambiar de opinión.

-Estoy cansada, cansada de ti y de que no muevas un dedo por cambiar nada.

-¿Cambiar qué? Haga lo que haga nunca te veo feliz, a todo le pones pegas y fallos... Me he quedado sin ideas.

-Más que quedarte sin ideas es que no te ha dado por pensar.

-Estoy harto.

-Bien.

-Bien... ¿Qué nos ha pasado? ¿Ya no queda nada que nos salve?

-No voy a luchar por esto.

-Dime, ¿ya no me quieres?

-Ojalá pudiésemos empezar y que todo fuese como antes... Esto solo irá a peor.

-Me voy, se como va a terminar la conversación.

-¿Por qué tengo que decir yo las palabras?

-Porque yo no puedo.

-¿Ves? Siempre tengo que ser yo la que de el primer paso. Hasta para dar el último tengo que hacerlo yo primero. Bien. Me voy.


... Cinco años antes...

Esa mañana se levantó temprano. Odiaba con toda su alma madrugar, pero no podía dormir más por mucho empeño que le pusiera su confortable cama. Necesitaba correr, mantener distraída su mente.

El sol aún no había salido, apenas entraba luz por su ventana, aunque esa tenue iluminación le bastaba para no tener que encender esa lámpara tan horrible que venía con el piso, "nota mental: cambiar esa estúpida lampara" pensó para sí, adoraba ese piso, era nuevo y estaba situado en una buena zona pero... Esos muebles, esa decoración... Sacaban lo peor de uno a pasear. Siempre que se levantaba se prometía deshacerse de ellos y darle "su toque" al apartamento y siempre se acostaba maldiciendo cada habitación que no había cambiado. Ese era otro de los motivos por los que no podía dormir, vivía atrapada en un piso de muebles y estampados horrendos y tampoco hacía nada al respecto.

"Una de las ventajas de vivir sola es que no importa lo espantosa que te levantes hoy, nadie está aquí para contemplarlo", todas las mañanas leía la frase que había escrito en el único espejo que realmente había comprado a su gusto. Era un espejo amplio con forma de mariposa que estaba colocado en la puerta de su habitación, al verse no pudo evitar reír a carcajadas, esa frase tenía toda la razón del mundo, estaba espantosamente espantosa, de haber tenido el pelo largo se habría llevado horas y horas poniendo en orden la melena de rizos pero, por suerte para ella, eso ya era historia, su nuevo look no exigía ni de cepillo, bastaba un par de sacudidas con las manos para tener ya un aspecto decente, lo que; a parte de ser realmente cómodo era muy práctico los días que llegaba tarde a algún sitio, que solían ser muchos.

Mientras se introducía en el chándal iba avanzando por el amplio apartamento en busca de su ración de café, más que a por su café iba en busca de su nueva taza de Desayuno con diamantes, se moría de ganas por estrenarla. Esa mañana tenía que ser especial, no podía darle la bienvenida a  su nueva taza tomando un par de sorbos y hala, ¡a correr! Merecía un trato mejor. Fue por ello que decidió salir a la terraza, el sol estaba ya listo para su gran debut y ella, junto con su nueva taza y una manta que había cogido por el camino, también.

Sonrió al pensar que probablemente nadie madrugaría para ver amanecer y beber café con una taza recién comprada pero, ¿a quién le importa? Era feliz mientras los primeros rayos le acariciaban la cara e iluminaban poco a poco la ciudad, era todo un privilegio estar allí viendo como un nuevo día comenzaba y no había nada en el mundo que la hiciera moverse de esa terraza con semejante vista, correr podía esperar un par de minutos más. Una vez hubo finalizada la ceremonia de bienvenida de la taza; se dirigió al servicio para acabar de adecentarse y poder salir por fin a despejar su mente.

Desde que decidió aislarse por completo del mundo y de todo lo que la rodeaba; correr se había vuelto su vía de escape, su terapia, su analgésico... Sabía que no podría huir de sus problemas eternamente pero estaba tan perdida en ese momento, se sentía tan vulnerable, tan desgarradoramente abatida que hizo lo que cualquier animal herido, refugiarse hasta recuperar fuerzas.
Vivía en un piso sola, sola si no contamos el contestador lleno de mensajes de voz, sola al fin y al cabo, sola y con unos muebles con los que era incapaz de convivir en armonía pero que tampoco se atrevía a cambiar. Había dejado su trabajo porque no la hacía feliz, por eso y porque realmente necesitaba un cambio de aires... Primero fue el trabajo, más tarde vinieron su aspecto y su apartamento y, por último y más doloroso, le había dejado a él. Él era quien no le dejaba dormir por las noches y quien le llenaba la cabeza de dudas.

Se detuvo cuando su imagen se le vino a la mente... Probablemente de seguir juntos estarían aún en la cama durmiendo, una hora más como mucho, luego él se despertaría primero, como siempre hacía, se levantaría para preparar el café y volvería a la cama para despertarla con suaves besos en el cuello mientras jugueteaba con su larga melena ya inexistente. Le echaba de menos, mucho, tanto como se puede echar de menos a una persona; o más. él era una espina clavada que emitía un dolor sordo y constante, se moría de ganas por sentir sus labios recorriendo de nuevo su cara, sus brazos envolviéndola contra él, su tierno olor a "te amo" que inundaba las sábanas y el resto de la habitación, su corazón se aceleraba cuando imaginaba el cómo sería besarle de nuevo, hacer el amor con él como tantas otras veces lo había hecho, sentir su aliento junto a su boca y dedicarle esa sonrisa que tan loco lo volvía. Tenía miles de dudas y una sola cosa clara, amaba a ese hombre y lo hubiese seguido hasta el fin del mundo sin que él hubiese tenido que pedírselo, aquel hombre de oscuros cabellos y mirada gélida se había instalado en lo más profundo de su corazón y era consciente de que fuera a donde fuese o, estuviera con quien estuviese, él iba a seguir siendo su pequeño "y si" que le impedía conciliar el sueño.



martes, 21 de octubre de 2014

Knot.

¿Sabéis hacer un nudo? ¿Quién no? Hacemos nudos constantemente en bolsas, zapatos, hilos, gargantas... Estos últimos son los que requieren de menos esfuerzo, basta con un recuerdo, una imagen, una mirada, una frase. Desgraciadamente, también son los más difíciles de deshacer.

Comienzan como un suspiro entrecortado, como si a la hora de echar el aire fuésemos incapaces y nos hubiésemos olvidado de como respirar. A continuación le sigue un pequeño infarto, un húmedo olor a mar en nuestos ojos, una sonrisa que se torna en cuestión de segundos en una cara lacia, vacía de cualquier expresión y, finalmente hacemos una mueca que nos sale desde lo más íntimo de nuestro ser. Solemos agachar la cabeza, tornar un labio hacia abajo y llenamos la frente de arruguitas, fruto de pequeños ríos de dudas y temores que desembocan en océanos tan profundos como los sentimientos que dedicamos a las personas que nos los provocan.

¿Sabéis a lo que me refiero? ¿Quién no? Ese sentimiento de impotencia, de resignación, de tristeza, que sentamos en una silla y le pedimos por favor que espere, que todavía es pronto para florecer, a quien rogamos que aguarde a llegar a casa, que no se derrumbe para no dañar a quien nos daña, solo por el simple hecho de no hacernos pequeños, débiles a sus ojos.

Podemos deshacer un nudo, o aflojarlo, o incluso cuando lleva tiempo alojado en nosotros conseguimos olvidarnos de su presencia, pero siempre llega un momento en el que queramos o no, vuelve a tensar, se hace grande y, a nuestro pesar, implacable. Muchos nos condicionan, nos impiden hablar, nos obligan a poner nuestra mejor cara de "póker"... Hasta cierto punto.

Los nudos nos sobrepasan, son el cúmulo de gotas que hacen que un vaso se desborde, las gotas de lágrimas que reprimimos hasta más no poder y acaban estallando en diminutas partículas de agua que se esparcen con dolorosa velocidad por nuestra cara, quemando la piel allá por donde pasa.

Nos oprimen el pecho, nos cierran el estómago, nos saturan el cerebro y nos dañan el corazón.

¿Sabéis cuál es el peor para mí? El que tratas de deshacer día tras día sin resultados, aquel que confiesa, repite, compara y te pide que olvides. Para mi se asemeja a un corte que necesita suturas y en lugar de ello,  mi enfermero me pide que no me centre en la herida, "olvida la herida", "haz la vista gorda si sangra"...

Como si fuese a curarse sola o a dolernos menos por ello. Es un nudo. Está bien atado a mi.

Al final del día, de los días buenos, conseguimos acordarnos de respirar y soltamos el suspiro de un golpe, el infarto que ha provocado se va dejando un pequeño moratón, las lágrimas se secan y la mueca se reduce a tan solo una sonrisa torcida.
Las arrugas hibernan, el río vuelve a su cauce, levantamos de la silla a nuestras emociones y las abrazamos hasta que nos duelan los brazos, porque están ahí, porque son leales, pacientes, fuertes y las enviamos de nuevo al ring con la esperanza de que aguanten otro asalto.
El vaso libera parte de su cantidad, la piel cicatriza, la herida se detiene...

Todo ello al final del día, de los días buenos y de manera temporal.


¿Qué pasa en los días malos? El suspiro se pierde sabiendo que esa noche no encontrará la salida , se sienta frente a una pantalla a divagar para mitigar la reacción en cadena que ha provocado y, cuando se siente extremadamente solo, fantasea como sería su vida sin ese nudo.


viernes, 11 de julio de 2014

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Puede que nunca llegues a leer esto, es más; puede que nunca llegue a enviarte esta carta, pero es tan grande el dolor que siento que sólo así encuentro un poco de consuelo, escribiéndote.

Te quiero, te amo, nunca creí en los amores a primera vista hasta que te vi, quizás nunca experimenté lo que es amor hasta que te conocí, quizás no; seguramente... Y quizás, quizás no; seguramente, nunca más lo vuelva a experimentar. No es algo que me quite el sueño por las noches, la verdad, ya que todo lo que he querido y tenido que vivir ha sido contigo y lo que teníamos, o tenemos, o nunca dejaremos de tener, nos pertenece solo a ti y a mi.

¿Que si te echo de menos? Supongo que después de tanto tiempo compites en importancia con mi oxígeno y me temo que en un cuerpo a cuerpo sigues ganando tú... Así que sí, te echo de menos. Sé, espero, quiero pensar que, tú también me echas de menos a mi, tanto que te consume por dentro, tanto que cuando deje de arder nuestra pena, si es que deja de arder algún día, nadie podrá barrer mis cenizas, nadie podrá borrar mis besos y nadie podrá coser mi herida. 

Te seré sincera, escribo con la esperanza de que esta no sea mi última carta; sino que, dentro de un tiempo (meses, años... Quién sabe cuánto exactamente) podamos leerla juntos, será la primera, el primer paso hacia el perdón, el primer escalón subido para alcanzar la tregua, la paz, el amor, la felicidad, nuestro pequeño pedazo de cielo.  
Seguramente ya hayas dejado de leer, o ni hayas empezado a hacerlo, pero cuando llegue ese día, y esté acomodada sobre ti leyéndote esto en voz alta, todo cuanto deseábamos ya se habrá cumplido o estará camino de hacerse real... Ya habremos vuelto a nuestra vida de siempre. Volverán a tener tus besos la función de alarma por las mañanas, volverá mi cuerpo a encajar a la perfección entre tus brazos, volverá... Volveremos a ser uno solo. 

Y es que, aunque ahora te odie y me duela hasta el más pequeño y desconocido músculo de mi cuerpo, no puedo sacarte de mi cabeza, mucho menos de mi corazón... ¿Qué será de mi ahora que no estas? Eres la historia que nunca me canso de leer y duele, demasiado, tanto que te escribo para así imaginar que te tengo cerca, para olvidarme durante unos pocos minutos que ya no somos nosotros, que ahora eres tú y, desgraciadamente, soy yo. 

Estoy alargando demasiado esto... No quiero parar de escribir, por mí seguiría hasta talar todos los árboles del Amazonas pero soy consciente de que esto no nos hace ningún bien realmente, a mi por escribir y a ti, suponiendo que haya llegado esto a tus manos, por leer. 

Te pido que me esperes, que consumirme por y sin ti valga la pena... 
Te pido que me perdones como yo te perdonaré a ti...

Te pido, te ruego, suplico e imploro que me busques, me quieras, me ames y, sobre todo, añores en la distancia los días felices, que recrees en tu mente hasta el más pequeño momento de felicidad que vivimos juntos... Vivamos en el pasado hasta que seamos capaces de vivir en el presente. 

Dolorosa, paciente e intensamente tuya. 

lunes, 14 de abril de 2014

ATENCIÓN

Hola mis pequeños! 

Tengo una buena y mala noticia: 

-Mala: El tintero es historia.

-Buena: Tenemos un cóctel de relatos nuevos.

Srita Nek vuelve con las pilas recargadas y con la ilusión de que este blog sea también vuestro refugio :)


Aquí os dejo mi nueva web y espero que os guste! 

Un saludo y besos.

Att: SritaNek.

sábado, 5 de abril de 2014

Y me da igual el final

¿Cuándo debemos dejar de luchar? ¿Cuándo sabemos que es suficiente? Siempre me he preguntado si tenemos en nuestro cerebro una bombilla que se enciende cuando ya nuestro cuerpo está tan roto que no somos capaces de soportar un segundo más de dolor, de ser así... Yo no la tengo.

Es cierto, no la tengo, si la tuviese, si fuese lista, y valiente, habría tirado la toalla en muchos rings de boxeo, pero no... Prefiero que mi organismo se vaya apagando poco a poco, hasta ser un vegetal de mirada perdida y ausencia completa de conciencia. ¿Por qué? Otra cosa que también me he preguntado siempre... ¿Por qué no aprendo de mis errores? ¿Por qué para mi nunca hay un "suficiente, adiós"?

Qué fácil debe ser eso para el resto del mundo, ¿pero sabéis qué? Estoy tan cansada que yo misma, con o sin bombilla, digo "basta" , "se acabó". Se acabaron las noches en vela, las medias tintas, la paciencia, la incertidumbre, los besos con sabor a insomnio, los abrazos vacíos, se acabó jugar a este macabro juego, se acabó todos y cada uno de los sueños que pudimos hacer realidad porque ya puedo decir "suficiente", ya puedo volver a mi antigua vida con la cabeza alta y decir "lo intenté, fracasé pero volví, por unos instantes, a ser yo de nuevo".

Y me da igual el final.

domingo, 16 de febrero de 2014

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Llovía. El cielo, al igual que ella, lloraba.

Tras la ventana veía cómo se consumían sus últimos segundos de libertad, cómo se alejaban sus sueños.

Se alejó de aquella ventana que le suplicaba que huyese y se acercó al enorme espejo que había en aquella alborotada habitación que por ruego suyo había sido despejada hacía tan sólo un par de minutos, "son los nervios, es normal", "respira hondo... Estas cosas pasan", eso decían conforme iban saliendo. Era la primera vez en todo el día que estaba sola, y no sería por mucho tiempo.

Se miró en el espejo con desgana, nunca se había visto tan guapa, realmente lo estaba, claro que, ¿qué novia no está guapa el día de su boda? Pensó mientras reía irónicamente haciendo un gran esfuerzo para que las lágrimas que asomaban por sus ojos no escapasen, "una novia tiene derecho a llorar el día de su boda únicamente si es de felicidad, de lo contrario algo va mal", esas habían sido las palabras de su madre cuando al ir a despertarla la encontró llorando abrazada a la almohada.
Will era un buen hombre, desde que formaba parte de su vida la había colmado de atenciones y se había desvivido todos y cada uno de los días por ella, su familia había visto con buenos ojos siempre su interés en ella y era claramente una oportunidad para salir de la pobreza... ¿Pero y el amor? ¿Dónde quedaba esa pasión que te consume cuando amas a alguien? ¿Dónde estaban la aventura y el riesgo? Iba camino de un matrimonio vacío y no podía hacer otra cosa.

"En un mundo de hombres la mujer sólo puede callar y obedecer" eso fue lo que le dijo su padre cuando le confesó que no amaba a Will y que no estaba dispuesta a casarse con él. Quería a su padre y sabía que la había enlazado con ese hombre porque pensaba que era lo mejor para ella pero no se había molestado en preocuparse por si su única hija iba a ser feliz, si lograría querer a ese hombre.

Y allí estaba, contemplando su reflejo, viendo cómo el encaje blanco hacía simbiosis con su menudo cuerpo, observando el contraste que había entre el blanquecino velo y sus oscuros tirabuzones negros como la noche más oscura. Su madre insistió en que se recogiese su larga melena pero ella se negó en rotundo "creo que es lo único que podré decidir, al menos una parte de mí será libre ese día" , y con un gesto de desaprobación su madre suspiró y aceptó su decisión , la única que a lo largo de esos meses había aceptado de hecho.
Acarició las pétalos que formaban parte de su ramo con sus pequeños y delgados dedos y suspiró centrando su mirada en la ventana, en la vidriera vio cómo se reflejaban sus enormes ojos grises enrojecidos por su silencioso llanto. "Ya no hay vuelta atrás" le susurraba una pequeña y entristecida voz interna.

Su mente vagaba en los recuerdos de esos últimos meses... Conoció a Will una tarde de picnic organizada por sus vecinos los Stanley. Era un matrimonio que provenía de la alta sociedad de Manhattan, aburridos de los elitistas; su mujer y él habían decidido hacer las maletas y mudarse a Gig Harbor, una ciudad situada en el condado de Pierce, Washington. Los Stanley acostumbraban a sus padres y demás vecinos a su sobrecargado picnic con motivo de festejar el comienzo del verano.
Ella  fue arrastrada a ese picnic y Will fue a modo de invitado de honor por haberse comprado una casa hace poco y es que, aunque tuviese los veintitrés recién cumplidos, ya era todo un pez gordo debido a que ahora era él quien llevaba el negocio familiar, comercio de telas con el extranjero.
Will provenía de Louisiana, era un joven apuesto con el descaro y atrevimiento sureño heredado de su padre y, a la vez, los modales propios de un caballero británico por cortesía de su difunta madre.
Cuando apareció en la fiesta aquella tarde dio mucho de qué hablar, las chicas y sus familias competían por la atención del indiferente Will que aburrido se paseaba de un lado a otro del majestuoso jardín de los Stanley perseguido por su séquito de féminas decididas a obtener su trofeo. Desgraciadamente también despertó el interés de su madre que rápidamente cogió a Jale por el brazo y con un efusivo gesto le hizo señas a su hija para que se acercara a conocerle.

-William, ésta es mi hija Samantha. Querida, ¿has olvidado tus modales?

-Encantada de conocerle señor Harrintong.

-Lo mismo digo señorita, eso de señor no me hace justicia; al fin y al cabo seré cuatro o cinco años más mayor que usted. Debo felicitarla señora Keaton, tiene una hija preciosa.

-Gracias Jake, si no he oído mal acabas de llegar a Gig Harbor, ¿cierto? Estoy segura de que Samantha estaría encantada de enseñarte la ciudad.

Y así fue cómo empezó todo, así comenzó su desgracia, al despertar el interés de aquel muchacho también despertó la desesperación y avaricia de sus padres por no caer en banca rota y ser la comidilla de la ciudad. Will fue, gracias a su madre, centrando poco a poco toda su atención en ella hasta que por puro impulso le pidió su mano en matrimonio.

Ahora  se encontraba entre cuatro paredes que conforme se acercaba la hora iban estrechándose e impidiéndole respirar. Fue esa falta de aire la que le hizo armarse de valor y salir a fuera.
Las gotas de lluvia se mezclaron con las lágrimas que había derramadas por su cara y su cabello perfectamente peinado volvió a tener el salvaje y deslumbrante aspecto que había tenido no hace mucho, en ese momento se sentía más viva que en esos últimos meses, allí empapada y con el pelo alborotado.
Era libre, desgraciadamente por poco tiempo, pero libre al fin y al cabo.

Se dejó caer en la fría y mojada hierba, le daba igual mancharse el vestido tan estúpidamente caro que le habían obligado a ponerse, le daba igual que el velo se ensuciara de barro. En aquel momento era libre.
Allí tumbada era feliz, jugueteaba con el césped arrancando pedazos de éste y tirándolo hacia arriba para ver como el fuerte viento lo mecía en el aire y bailaba con él hasta llevarlo lejos, donde sus ojos ya solo veían el cielo gris y nada más. A lo lejos vio aparecer una figura entre la lluvia, no había que esforzar la vista pues con los gritos que emitía aquella figura solo podía ser la histérica de su madre.

-¡Samantha Keaton! ¿Te has vuelto loca? ¡Ese vestido vale una fortuna! ¿En qué piensas? ¡Estás retrasando tu boda niña estúpida! ¡William está dentro esperándote! ¡Mírate, estás asquerosa!

-Estoy viva, madre.

-¡Estas loca! ¿Quieres que me de un infarto? ¿Eso quieres?

-Deja que disfrute de este momento, puede que sea el último en el que vuelva a sentir algo.

-¿Que qué? ¡Levanta o yo misma te arrastraré de ese pelo andrajoso que llevas hasta el mismísimo altar!

Ella suspiró y se levantó haciendo caso omiso a su madre, cada paso era un eslabón más de la cadena con la que iba a ser atada. Echó un último vistazo a la lluvia y al entrar  buscó a su padre, éste se quedó de piedra al ver a su hija a la que había dejado no más de quince minutos sola echa un verdadero esperpento.

-Samantha, ¿qué ha ocurrido? No quiero saberlo, no hay tiempo. ¡Qué dirán los invitados! ¡Qué dirá tu prometido!

-Papá...

-Algún día agradecerás lo que estoy haciendo por ti y comprenderás de lo que estás salvando a tu familia... Aún eres muy joven para entenderlo. No hagamos esperar más a Will.

Sin decir nada más Samantha agarró a su padre del brazo y comenzaron a caminar sobre la alfombra que le llevaba directamente hasta al altar junto a Will; el cual se quedó perplejo al ver en qué condiciones se encontraba la vestimenta de su futura mujer. Los invitados no paraban de hacer comentarios a cerca de cómo la novia había podido acabar con semejante aspecto y sobre su estado mental pero ella no les escuchaba ya, todo se había desvanecido a su paso y se imaginaba tumbada a fuera de nuevo, acariciando el césped con sus dedos y recogiendo gotas de lluvia con la lengua, poco le importaba lo que pudiesen decir aquellos desconocidos sobre ella o su lujosa boda de pacotilla.
Su padre, en cambio, tenía el ceño fruncido y hacía todo lo posible por aparentar normalidad en aquella pintoresca situación aunque no lo conseguía, el señor Keaton, si se caracterizaba por algo, era por ser como un libro abierto, no podía ocultar sus emociones por mucho que intentase fingir pero permanecía andando y sin dirigir la mirada a nadie en concreto. Estaba a dos pasos de quien iba a ser su yerno,  después de la ceremonia todo perdería importancia, todo sería mejor.

-Señorita Keaton está...

-Horrible, lo sé William, perdóneme yo sólo...

-Iba a decir que le sienta bien las manchas de barro en la cara y el cesped en el pelo. La vi desde la ventana, me permite preguntarle qué hacía allá a fuera con este temporal y minutos antes de casarnos.

-Una locura, le estoy abochornando a usted y a mi familia... No sé en qué estaba pensando señor Harrintong.

-Will. Creo que si vamos a casarnos deberías empezar a tutearme. Eh, tranquila, todo está bien. Solo estoy sorprendido y por mi como si quieres volver al jardín a enfangarte aún más... Te seguiré viendo igual de hermosa. Por un momento he de decirte que me asusté, cuando te vi salir pensé que ibas a huir e incluso quise salir para detenerte pero luego supuse que querías disfrutar de este maravilloso y soleado día.

-Estaba nerviosa y quise salir fuera a despejarme de tanta gente... Eso es todo.- Samantha sonrió levemente y le hizo un gesto al reverendo para que comenzase la ceremonia después de ese leve diálogo con su prometido.

-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos...

-Un momento.- La voz clara y serena de William resonó por toda la iglesia gracias al eco de aquel techo tan alto y al silencio de todos los invitados que los miraron con asombro y a la vez con esa mirada retorcida de "al novio le han entrado dudas".

-Señor Harrin... Will, ¿ocurre algo malo?

-Samantha, dime la verdad, ¿es aquí, rodeada de tanta gente, donde quieres casarte? Dime que puede hacerte feliz en estos momentos.

-Nadie, hasta ahora, me ha preguntado lo que yo quería.

-Yo te lo pregunto, dime que deseas y lo tendrás.

-Quiero quitarme este estúpido velo y salir fuera señor Harrintong... Se que el temporal que nos acompaña no es el idóneo para salir al jardín pero...

-¡Samantha! ¡Basta de marear a los invitados! Perdónela señor, mi hija ha estado sometida a mucha presión con los planes de boda y no sabe lo que dice. Revendo por favor, continue.

-Revendo coja lo que necesite y salga al jardín. Señora Keaton este debe ser el día más feliz de su hija y mío y si desea mojarse pues yo desearé mojarme tanto o más que ella. Los presentes, siento tantos contratiempos, mis más sinceras disculpas.
La boda se realizará finalmente en el jardín por petición mía y de mi querida prometida, sería todo un honor que pudiesen compartir este día con nosotros, o no. Hagan lo que les plazca, ahora si tienen la bondad háganme paso que me tengo que casar.

William tendió su mano en dirección a Samantha y con una leve reverencia y una sonrisa radiante le pidió que lo acompañase al jardín, tanto los señores Keaton como el resto de los invitados hicieron lo mismo entre susurros y caras desconcertadas.
Samantha era la más sorprendida de todas aquellas personas, realmente su prometido estaba dispuesto a complacer todos y cada uno de sus caprichos por extraños que fuesen. Conforme andaba cogida de la mano en dirección a la puerta se arrancó el velo y la abultada cola del vestido que tanto le había costado confeccionar a los empleados de Will, éste la miró divertido y le besó la mano en señal de aprobación y se detuvo para desabrocharse un poco la camisa y tirar al suelo la parajita.

-Yo también quiero ir perfecto para la ocasión, si te parece bien.

-Me parece estupendo, pero aún le falta algo... - Samantha se puso frente a él y le alborotó sus mechones rubios que se encontraban recogidos hacia atrás. - Mucho mejor, ¿no?

-Bastante mejor... ¿Sabes? Me imaginaba que nuestra boda daría mucho de qué hablar pero jamás en este sentido.